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sábado, 22 de marzo de 2008

Sobre Alejandro Magno

Hace tiempo escuche esta historia sobre Alejandro Magno en una de las Conferencias que daba Prem Rawat, también conocido con el título honorífico de Maharaji.
Había una vez un hombre, llamado Alejandro Magno, que conquistó medio mundo pero no tenía suficiente. Era tal su ambición que deseaba más y más reinos y conquistas.
Cierto día antes de salir a emprender otra batalla, llamó a sus mentores para que le dieran buenos augurios. Uno de ellos se animó a sugerirle que cejara en el empeño de seguir matando a más seres para conseguir más poder.
Alejandro se enfureció tanto que mandó que fuera azotado por atreverse a insinuarle tal cosa...
Cuando estaba en su lecho de muerte y llegaba la hora de su partida, llamó a su más fiel consejero y le encomendó que cuando dejara este mundo, le cortaran las manos y pusieran en ella una piedra que figurara este epitafio: aquí yace un hombre que vino al mundo con las manos vacías y se fue de el con las manos vacías...
El hombre más poderoso de la tierra se fue con las manos vacías…

domingo, 25 de noviembre de 2007

LA RANA Y EL OCÉANO

Había una vez una rana que vivía en una paradisíaca y salvaje isla plagada de árboles milenarios, plantas silvestres, y en cuyos parajes habitaban las más diversas y pintorescas especies. El silencio era tan ensordecedor que cualquier sonido procedente del interior se percibía con gran nitidez.

Cierto día, estando la rana disfrutando del inmenso regalo que le brindaba la naturaleza, escuchó el croar de otra rana procedente del interior de la isla. Siguió el origen del sonido y fue a parar a un pozo camuflado entre un matorral.

En el interior había una rana dando saltos de un sitio a otro, entre las paredes reducidas del pozo, croando y dando la impresión que disfrutaba de su restringida estancia.

Se animó a entrar en la estancia y no tardaron mucho tiempo en entablar amistad.

¿Qué haces aquí abajo con tanta oscuridad y dando saltos de una pared a otra, si en el exterior tienes todo un universo por descubrir, donde no estás limitado por paredes y teniendo por techo un inmenso cielo de estrellas, cada una tan brillante que parece que estás cubierta y protegida por un resplandeciente manto plateado?

Querida amiga nací aquí abajo, mis antepasados nacieron aquí abajo y este es mi universo. Y los más ancianos del lugar hablan de esta cueva, como si no hubiera nada más. Existen grandes incunables o grandes libros que hablan de un más allá, de otro lugar, pero que tienes acceso a ese mundo cuando te mueres.

La rana del exterior abrazó con ternura a su amiga y con delicadeza y suavidad le dijo: Quieres venir conmigo ahora mismo que te mostraré ese lugar que existe verdaderamente, y del cual hablan los grandes libros que tienes aquí abajo. ¿Pero si toda la vida hemos hecho esto? Exclamó. ¡Todas las ranas de esta cueva siempre han dicho que no existe ese lugar!

La cogió de la mano y tiró de ella hacia el exterior.

Cuando llegaron a la superficie del terreno y divisaron el océano, un escalofrío recorrió todo el cuerpo de la rana incrédula y rompió a llorar totalmente afligida, desconsolada y rindiéndose a la evidencia. No tenía palabras para expresar lo que sus ojos estaban avistando, oteando y percibiendo.

Toda su cultura milenaria, todos los ríos de tinta que se habían empleado en cantar las glorias de ese mundo inalcanzable por los mortales, había sido borrado de su mente con la sola experiencia de ver, sentir, oler, respirar el mar. La inmensidad entrando por sus poros y abrazándola. Cada célula de su diminuto cuerpo empapándose de la brisa marina. Todos los dioses del mar habían concurrido para darle la bienvenida. ¡Dios, qué experiencia!

¡Cuánto agradecimiento a su amiga por haberle mostrado el tesoro oculto!

¡Cuánto tiempo engañado! ¡Cuánta confusión generada por unos y otros! ¡Cuánto engaño por seguir a los líderes elegidos por los más ancianos! ¡Cuánta manipulación de masas con engañosos anuncios en cada rincón de la cueva!

Las dos amigas, estuvieron varios días sentadas de cara al océano, en silencio, mirando, amando, y respirando el océano.

F.G.M.

sábado, 24 de noviembre de 2007

EL OBELISCO INTERIOR

Érase una vez en un lejano pueblo del Nepal, a los pies de la cordillera del Himalaya, que entre sus habitantes corría la voz de que en la cima de la montaña más cerca habitaba un ermitaño que daba cobijo en su caverna a un genio que concedía todos los deseos.

Muchos aldeanos emprendieron su peregrinación hacia la montaña, abrigando unas esperanzas que no tardaron en desvanecerse. Todos y cada uno iban regresando ladera abajo totalmente desilusionados y descontentos después de haber alimentado tantas expectativas.

En la aldea vivía un humilde campesino que al enterarse de la noticia, se animó a visitar al ermitaño. Dispuso su talego y cayado y emprendió la ascensión a la montaña pensando en lo que le pediría al genio.
Cuando llegó a la cabaña del eremita, exhausto y abatido tras el largo viaje, suplicó un poco de agua al venerable anciano y tras un breve descanso le dijo:- Honorable señor, ha llegado a mis oídos que dais cobijo a un genio que concede todos los deseos. ¡Es cierto!

- Así es, pero si quieres contar con sus servicios, debes saber que has de tenerlo siempre ocupado. Si no es así, te destruirá.

- ¡Pero señor! Soy un pobre y humilde campesino que no poseo nada y mi vida está plena de miserias y desgracias. Si pudieras cedérmelo por algún tiempo, te estaría profundamente agradecido, y no sabría cómo pagártelo.

- De acuerdo, -contestó el anacoreta-. Pero no olvides lo que te he dicho. Tenlo siempre ocupado.

El humilde campesino emprendió el camino de regreso por la ladera de la montaña llevándose al genio con él. Al instante comenzó el genio a pedirle que le diera algo para hacer. El campesino ante la insistencia, le dijo que le proporcionara un asno para así hacerle el viaje más placentero; y ambos subieron a lomos del animal.

Acto seguido prosiguió el genio: dame algo para hacer o te destruiré.Así que el campesino le dijo que le construyera un castillo y que le proporcionara una joven y bella consorte para hacerle la vida más feliz.
Sus deseos fueron complacidos al instante. Seguidamente el genio continuaba en su empeño de destruir al campesino que se llenaba de posesiones; mas no podía disfrutar de todo lo que iba acumulando en su vida.

Así que iba pasando el tiempo y se daba cuenta que era más infeliz que antaño, al no poder disfrutar de nada por temor a ser destruido; por lo que una mañana se levantó temprano y fue a visitar al ermitaño. Le explicó lo desgraciado que era y le suplicó que le diera una solución a su problema.

El solitario anciano, compadeciéndose del campesino le dijo: construye un obelisco en el patio del castillo que posees y cuando el genio haya terminado de concederte algún deseo, dile que suba y baje por el obelisco hasta que le avises.Así que cuando el genio no estaba atareado en conseguir los deseos de su nuevo dueño, sabía que debía subir y bajar por el obelisco hasta una nueva petición.
Escuché este cuento, en una de las conferencias que dio Maharaji, hace muchos años y he tenido que escudriñar en mi memoria para reflotarlo, comprendiendo la profundidad y el mensaje que se esconde en el fondo del mismo.

F.G.M.